Ambientada en Italia, de cuño dostoievskiano, El doble y sus copias es, a un tiempo, una sátira y un elogio del peronismo, reflejo de sus luces y miserias, pero es también y ante todo un entrecruce de historias de padres e hijos: un muestreo heterogéneo de ese vínculo ancestral –a la vez, mítico, teológico, social y político– que tiene por figuras protagónicas a « Dios-Señor-Jefe-Padre » y a « Hombre-Siervo-Soldado-Hijo » . Fue en Los hermanos Karamázov que Dostoievski formuló la dolorosa pregunta: ¿Qué hijo no desea la muerte de su padre?
Claro que no todo es tragedia en la novela. Una historia de amor fresca y picante hace, por fortuna, contrapeso en la balanza.

( El doble y sus copias, Ediciones Simurg, Buenos Aires, enero 2008)
   
   

«No basta con arriesgar la vida por el prójimo, el amor exige, además, arriesgar por él la propia salvación», leemos en el primer ensayo de este libro, dedicado a El espíritu del cristianismo y su destino de Hegel, una crítica de Mazora fundada en la ética de la Teología de la liberación (A propósito, su novela María Magdalena condenada bien puede ser definida como una versión literaria de esta crítica).
En el segundo ensayo, «La cuestión del comienzo en la Lógica de Hegel», el autor discute los argumentos que Hans-Georg Gadamer esgrime en su estudio «La idea de la lógica de Hegel» (La dialéctica de Hegel. Cinco ensayos hermenéuticos).
«Los dos trabajos que aquí exponemos –señala Mazora en el prólogo- nos son, pese a lo que en principio pueda parecer, ajenos entre sí. Y es que El espíritu del cristianismo y su destino constituye el punto de partida de la dialéctica hegeliana».

( Espíritu y lógica del cristianismo. Dos ensayos sobre Hegel , Ediciones del Signo, marzo de 2005)

"Todo hombre que se precie debería escribir su propio Evangelio", sentencia el autor, haciendo honor a una tradición filosófica y literaria fecunda y diversa: Hegel, Kazantzakis, Saramago, Mayler, entre otros.

El hijo de Nazaret, la pecadora de Magdala, la tentación, el amor, la traición y la muerte conviven en las páginas de esta "María Magdalena" que es a la vez una protesta contra el mundo y un juramento contra el cielo. ¿Cómo entender que una entera civilización haya aceptado la imagen del hijo crucificado, resignándose a la idea del abandono paterno, y que incluso haya sublimado semejante desamparo haciendo de la cruz el emblema del amor divino? Nada de esto hizo la mujer del cabello suelto. Un alma bella como la suya no podía perdonar. Ella decidió vengarse y luchar contra Dios. Como fuere, a cualquier precio.

(María Magdalena condenada, Ediciones Simurg, Buenos Aires, febrero de 2004)

El proyecto ético que Hegel desplegara en sus Principios de la Filosofía del derecho contemplaba recuperar la bella totalidad de la polis griega -ideal juvenil al que nunca renunció- sin por ello negar al particular -y aquí la novedad de su concepción ética madura- el legítimo derecho a una existencia libre y autónoma. Pero al desplegar el principio de la particularidad, núcleo del concepto de sociedad civil, su movimiento inmanente y necesario desembocó en crisis económicas estructurales, cuyos conflictos civiles amenazaban con infiltrarse en el campo político, tornando ilusoria esa reconciliación ética sustancial que Hegel esperaba del estado. Fue entonces que, para salvar su proyecto político, incompatible con el antagonismo social que las crisis generan, las relegó a un segundo plano conceptual y expositivo a contramano de sus propios principios metodológicos. En el presente trabajo, el autor propone llevar adelante una reconstrucción conceptual y expositiva de la sociedad civil, rescatando, por un lado, a las crisis económicas como su contradicción dialéctica inmanente, y desechando, por otro, las determinaciones ajenas y extrañas a su racionalidad, determinaciones espurias sobre las que Hegel construyó la utopía de un estado que reconcilia sin fisuras los intereses particulares con los fines universales de la comunidad.

(La Sociedad civil en Hegel. Crítica y Reconstrucción conceptual, Ediciones del Signo, Buenos Aires, julio de 2003)


Para Platón, apenas una copia de la eternidad; para Aristóteles, sólo la medida del movimiento; una distensión del alma, conjeturó Agustín; lo cierto es que la filosofía vivió por siglos a espaldas (¿o a costa?) del tiempo. La conciencia mítica, justo es reconocerlo, tuvo mayor valor: pergeñó la figura tenebrosa del padre que se perpetúa en el trono devorando a sus propios hijos. Claro que tampoco allí faltó el desatino: su más vigoroso vástago, según decían los antiguos, lo habría vencido en feroz batalla. Hoy, empero, en que todos los dioses comparten inertes el destino de los mortales, Cronos ha vuelto glorioso y triunfante, repartiendo a diestra y siniestra su letal bendición. Sólo el arte se complace en despreciarlo con total irreverencia: "Una cosa bella es una alegría para siempre" (Keats).
A partir de la modernidad, la filosofía occidental se vio obligada a asumir lo inexorable: que el nuevo tiempo del saber ya no podía prescindir del saber del tiempo. El esquematismo (Kant), el concepto existente (Hegel), la conciencia originaria y su desgarramiento (Schelling), el eterno retorno de lo igual (Nietzsche), el tiempo inmanente de la conciencia (Husserl), la cuatridimensionalidad estática (Heidegger) no son sino hitos de un camino apenas esbozado.

(Saber del Tiempo, Tiempo del Saber, Jorge Baudino Ediciones, Buenos Aires, diciembre de 1997)