María Magdalena condenada
 
NOVELA
 Editorial Simurg, Buenos Aires, febrero de 2004, 308 páginas.
   
 

"Todo hombre que se precie
debería escribir su propio Evangelio"

 

         ALGUIEN venía a sus espaldas, resonaban pasos sobre el camino empedrado. Y aunque apuró la marcha, los pasos se le aproximaban. Estaba oscuro, era de noche y rugía un viento como una amenaza. Un grito, fue una orden, estalló tres o cuatro casas detrás de ella, las pisadas se le acercaron aún más, se sintió perdida. Miró a un lado de la calleja y atinó a esconderse en las sombras de un pasillo lateral. Agazapada y envuelta en la capa que traía para protegerse del aire frío y ocultarse de las posibles miradas, suspiró de alivio al ver pasar de largo la guardia de soldados que rondaba aquel sector de la ciudad. La agitación de los latidos le hizo comprender la locura de su propósito, y habría renunciado al mismo si no fuera porque descubrió que ya estaba en la casa enemiga. Sube con sigilo la escalinata exterior hecha de bloques macizos de piedra. El corazón quiere salírsele del pecho. Empuja la puerta de la alcoba, pero está cerrada. Las maderas crujen y chillan; resecas por el sol y los años, parece que fueran a quebrarse. Una y otra vez mira hacia los costados de la noche, tiene la sensación de que cien ojos la han descubierto, el presentimiento de que regresarán los soldados para ver qué es lo que ocurre, no en vano están adiestrados en el arte de la guerra, todo lo que se mueve y vive les resulta sospechoso y al mismo tiempo tentador, el sueño de toda espada es abrirse paso entre la carne. Resuelve volverse escaleras abajo. Atraviesa la oscuridad del pasillo en dirección al fondo. Atrás, naturalmente, había otra entrada. La hoja de la puerta se dejó abrir en silencio, pero el silencio se le deshizo a golpes con el tañido de la sangre retumbando en los oídos. A través de la ventana la luna filtraba un hilo de luz, claridad que, sin embargo, tornaba más ciegas las zonas oscuras de aquella amplia cocina. Sabe, pese a todo, que allí está su presa, un respirar trabajoso se agita en la penumbra. Se asoma, mira adentro, no puede saber dónde, la respiración parece provenir de los cuatro rincones de la casona. Decide serenarse y esperar a que sus ojos se hallen en la oscuridad. Prontamente aquel rayo de luna presta luz a su vista y disipa la espesura de los velos de la noche. Las cosas van recobrando sus contornos y sus formas en la gama tenebrosa de los negros y los grises. Ve sobre la mesa un pellejo vaciado, media horma de queso y una cuchilla grande clavada de punta. Del fondo oscuro emerge la figura de un arcón con la tapa abierta, la de una alacena repleta de enseres, ve la forma generosa del horno y finalmente la imagen del infame traidor. Allí, sobre el suelo, recostada contra el vértice opuesto a la entrada, yace la humanidad de Judas Iscariote. Por dos años, discípulo de Juan el bautista; por otros dos, de Jesús el nazareno, el que hace poco más de una semana pagó con su vida por predicar a los hombres que Dios es padre de todos. Cuatro años de informante al servicio del Templo de seguro le han deparado no pocos ingresos, aunque simular, mentir, delatar, no es ni será nunca una tarea grata, para nadie, la conciencia es una rosa, efímero es su pétalo y eternas sus espinas. Magdalena viene resuelta a librarlo de sus pesares, no sólo de las preocupaciones que trae la fortuna -robos, incendios, los parientes, los tributos, en fin, el mundo- sino también del mal que en las noches le perturba el sueño, remordimientos por su última hazaña, tan filosos y punzantes que ha caído en la bebida. Lo saben los suyos, se enteraron los ajenos, cada tarde despide a los criados y se entrega, abatido y solitario, al impío refugio del alcohol.
     Palpó el cuchillo que traía oculto bajo el cinto, apretó con su mano la empuñadura, venía decidida a hundirle la sica en la garganta. Se fue acercando con paso firme y sin querer golpeó la escudilla que estaba en el suelo. Creyó que se le detendría el corazón cuando Judas abrió los ojos. Se quedó inmóvil, como si fuese una estatua de mármol, hasta contuvo la respiración, sólo el galope de la sangre en los oídos escapaba a su empeño de convertirse en piedra. El hombre murmuró algo incomprensible, más parecido a gruñido perruno que a palabra humana, e inmediatamente volvió a precipitarse en el fango de su sueño envenenado. Y fue así que el miedo se trastocó en súbita confianza, sabe ahora que el infeliz nada puede, perdido como está en su propia noche, extraviado en la locura de quien huye de sí mismo. Descubre sobre la pared un cordel colgado de un clavo. No sin goce comprueba que tiene un lazo en el extremo. Una fuerza oscura le hace levantar la vista y ve los gruesos maderos sobre los que descansan los tirantes menores del techo. Súbitamente cambia el plan de combate. Devuelve la sica al cinto y arroja la cuerda por sobre la última viga. Pasa el otro extremo por el agujero de la puerta del que pende una gruesa cadena. Se acerca al delator y, sin temor ni cuidado alguno, le ajusta la soga al cuello. Siente repulsión al tocarle la barba humedecida por la bebida y los humores, repugnancia al aspirar el vaho agrio y tibio que las entrañas exhalan por la boca. Con la mano izquierda tirará de la cuerda que baja de la viga, mientras con la derecha asegurará el cabo que vuelve de la puerta. Judas se retuerce en su hueco al sentir la presión del lazo en la garganta. María tira con fuerza, pero la cuerda no cede ni medio palmo. Pone mayor empeño, más energía. De repente la soga se afloja por completo, como si el nudo del cordel se hubiera desatado. Mira hacia atrás y lo ve de pie, sosteniéndose a duras penas entre ambas paredes. Obra con pericia, actúa con diligencia, logra tensar nuevamente la soga. Judas maldice las penumbras de la noche y gruñe como animal en peligro. Acierta a meter los dedos entre el lazo y la garganta. María tira con firmeza y vigor. Cruje la madera, tiembla la cadena, trepida el cerrojo. Siente bajar por el cordel una vibración desesperada que le paraliza el aliento en un santiamén. Nota que el temblor se adueña de sus manos, que las fuerzas comienzan a flaquearle, que las aguas tormentosas de la duda se abren paso en los cauces de su corazón. Pero tañen en su memoria las campanas del recuerdo: "María, amada mía, son tus manos como la brisa de la tarde", "María, pequeña mía, deja impregnar mi boca con el aroma de tu piel". Y Magdalena tira de la cuerda, con mano dura y sangre fría, helada como piedra del desierto en madrugada, y a pequeños tramos va progresando, conforme le permiten sus fuerzas de mujer, pequeños tramos con los que iza el raquítico cuerpo de Judas que ahora se revuelve golpeando con manos y piernas contra todos los filos de la noche. Horribles estertores se ahogan en su garganta estrangulada. En el cuenco de su boca, la lengua se retuerce como víbora abrasada por el fuego. Los ojos están a punto de estallar. En la carne de su rostro deformado, avanzan victoriosas las sombras oscuras de la noche eterna. Ata finalmente el cordel a la puerta, y al darse vuelta para ver, retrocede impresionada por las convulsiones que aún sacuden al cuerpo moribundo.

      Escondida en el pasillo oscuro, esperó a que pasaran los soldados de ronda. Corrió, luego, calle abajo y se perdió en las sombras de un estrecho callejón. Desde allí miró hacia atrás, nada de que preocuparse, nadie de quien escapar. Fue en ese instante que levantó la vista al cielo, no hacia el cielo en que la luna brillaba con pálida luz, ni tampoco hacia allí donde las estrellas son mil gotas apretadas como rocío en primavera, sino hacia el último, el séptimo firmamento, aquel en que la oscuridad es un abismo tenebroso, profundidad espesa que confiere a los ojos de la criatura la certeza absoluta de que ella es nada y el Señor, todo. Y extasiándose en aquel fondo sublime y eterno, elevó su voz al creador del día y de la noche, pronunciando palabras sagradas, pues en los Libros sagrados se hallaban escritas, pero que en su boca sólo fueron lo que podían ser, palabras herejes de un alma impía. ¡Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente! Fue la Ley de Dios que Moisés anunció a los hombres. ¡Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente! Fue la blasfemia con que Magdalena se juramentó luchar, luchar como fuere, a cualquier precio, contra el Dios de Israel.


(…)


       LAS MULAS y los hombres ya bebieron, se despejó la zona aledaña al pozo, se quedó solitario el bebedero. Es el turno de las mujeres y los niños. El sol está en el cenit, sus rayos caen perpendicularmente sobre todas las cabezas, por más que sus dueños se muevan de aquí para allá; por más que se cabalgue al galope, los rayos siempre están encima de uno; a esta hora es así en todos los rincones de la patria, en Jerusalén, en Séforis o en Lydda; milagro sin duda alguna para el que sabe mirar el mundo con ojos de la fe. Durante el viaje recorrido, Magdalena no habló con nadie, a veces es mejor no hablar. Bebe de la jarra y se aleja del grupo de mujeres para ir a sentarse sola, a la sombra de un ciprés. Su pensamiento está lejos, allende el mar inclusive, acosado por una espina llamada Alejandría. No va a almorzar, no tiene hambre, con días como éstos el hambre se evapora, únicamente hay sed de sombra, y aquí, en este bosque, hay de la buena, aunque poco durará, recién están a mitad del trayecto a Cesárea, la ciudad los espera allí en el norte. En cuanto los viajeros terminen con la vianda deberán retomar la vía, llegar al puerto de Jope, luego seguirán al norte costeando el mar de aguas azules. Del otro lado del camino hay seis niños: de cuatro, el que menos; de siete, el que más. Vivarachos como langostas, juegan a tirar piedras en el zanjón de desagüe paralelo a la avenida, hoy por hoy, completamente seco, hace semanas que no llueve, extraña es esta primavera. A uno le falta una pierna, se ayuda con una rama de árbol que termina en una horqueta abierta en la que encaja perfectamente la diminuta axila. Domina con habilidad la improvisada muleta, sujetándola a veces con la mano y otras con el brazo solamente. Los seis están descalzos, llenos de vida y de alegría, al costado del camino levantan las piedras y las arrojan en la zanja. Los dos más grandes saltan para atacar desde la otra orilla, doble aventura, cruzar victoriosos el abismo y sorprender al enemigo por un flanco inesperado. De tanto en tanto, como si el proyectil diera en el blanco, derribando el portal de la ciudad asediada, demoliendo la muralla de la fortaleza rival, todos estallan en un grito de júbilo. El más pequeño se queda mirando a Magdalena, ella le sonríe, y tomando coraje cruza la calle y se acerca trotando, como hacen los niños cuando imitan el andar de un caballo. María le dice que se ponga al amparo de la sombra, pero el niño no se mueve ni responde, la mira sonriente, le faltan dos dientes, está sucio y harapiento, parado bajo el peso del sol. Ella toma una piedra y se la ofrece, él la acepta gustoso, cruza la calle corriendo y la arroja al canal, asegurándose antes de que está siendo visto por su admiradora. Vuelve a buscar un nuevo presente, lo reclamará si fuese preciso, aunque más no sea indicando con el dedo, pero ello no es necesario, María lo está esperando con una piedra nueva, escogida por sus bordes redondeados, que a la palma de la mano saben suaves y agradables como los bordes de una fruta, y ya tiene separada una segunda, con puntos brillosos como pequeños candiles. El niño escoge la de bordes redondos, pero no llegarán a destino, ni él ni la piedra. El más grande descubrió su relación con Magdalena, y, quizá por envidia, tal vez por precaución -después de todo es una extraña- amonesta enojado al pequeño, lo agarra de los pelos y lo zamarrea hasta hacerlo caer; poco faltó para que cayera en el zanjón. Los otros cuatro festejan el castigo y hacen burlas al niño que llora, lleno de polvo, de lágrimas y mucosidad. Por suerte encuentra la piedra de bordes suaves y retorna la sonrisa a sus labios, la lanza al pozo y corriendo va a buscar la de los pequeños candiles. María teme que el niño sea reprendido nuevamente. De todos modos le entrega la piedra, él la toma con gusto, y ella: ¡Ey! y le atrapa la mano, un nuevo juego que el benjamín festeja con una risa sonora, hay dicha en sus ojos, infinita alegría, y sale a la carrera, la arroja con fuerza aunque con tan mala suerte que el proyectil pasa de largo y cae en el otro lado del canal. Los dos niños mayores se esfuerzan por levantar una roca grande, demasiado pesada para sus fuerzas infantiles. No se darán por vencidos y la harán rodar hacia el punto en que los demás persisten en su ataque. Uno de los caravaneros cruza la calle y con una vara azuza a los seis gritando:
-¡Fuera, no quiero verlos por aquí, fuera! ¡Malditos del Cielo!
Los niños escapan y hacen burlas al guía de la caravana. El de la muleta corre a la par de los otros, ágil como un cervatillo. El más pequeño cada tanto se da vuelta, quiere despedirse de su compañera de juego.
-¡Mal paridos! -murmura el hombre, hablando consigo mismo, y se acerca a la zanja-. Y tú, ¡vieja del Demonio! Sal de ahí.
Insiste con la orden, tres veces tiene que repetirla, hasta que finalmente se asoma del zanjón una mujer anciana, cubierta con un enorme tapado de cuero carcomido y mugriento, vestimenta poco apropiada para un día caluroso como éste, descalza, los cabellos recogidos, envueltos en un trapo deshilachado. Hay una herida sangrante en su frente, otra en el labio inferior. También tiene una oreja lastimada, ensangrentadas ambas manos, con las que se cubrió la cabeza para defenderse de las pedradas con que esos niños la maltrataron y maltratan día a día, niños abandonados de todos, del cielo y de la tierra, ni padre ni madre ni parientes cercanos, no es de extrañar que la maldad ya anide en sus tiernos corazones. Con todo, la vieja está sonriente, claro que no sonríe a nadie, es más bien una mueca dibujada en el rostro, cuatro dientes podridos, la vista perdida, es una mujer poseída por espíritus malignos, desde años deambula por las inmediaciones de este paraje. A Dios gracias hay sobras de comida que los viajeros dejan esparcidas por el suelo, de ellas se alimenta y sobrevive, se provee de agua en el bebedero de las bestias. No faltan los que por piedad le arrojan una fruta o un mendrugo de pan, con la precaución de mantener la distancia debida, la impureza es contagiosa, se sabe, cuánto más la de un espíritu inmundo, una vez que se adueña de un alma, difícil que la deje en libertad.
De lejos, los niños gritan a la anciana el insulto del caravanero: ¡Vieja del Demonio! Y denuestos de su propia autoría: ¡Vieja deshilachada! ¡Vieja, dientes podridos! El mayor arregla cuentas con el más pequeño, por no haber obedecido como debía. Lo agarra de los pelos y lo va llevando a la rastra, zamarreándolo de aquí para allá, hasta revolcarlo nuevamente en el polvo del camino.
La escuela de la calle siempre fue la mejor de las escuelas, uno aprende desde niño a moverse en las redes del poder: allí donde no se puede no se puede, y conviene humillarse; allí donde se puede y el más fuerte lo permite es posible desquitarse, arrojar la piedra y ensañarse sin piedad.

 

De María Magdalena condenada, novela de Martín Mazora.
Editorial Simurg, Buenos Aires, febrero de 2004, 308 páginas.