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ALGUIEN
venía a sus espaldas, resonaban pasos sobre el
camino empedrado. Y aunque apuró la marcha, los
pasos se le aproximaban. Estaba oscuro, era de noche
y rugía un viento como una amenaza. Un grito,
fue una orden, estalló tres o cuatro casas detrás
de ella, las pisadas se le acercaron aún más,
se sintió perdida. Miró a un lado de la
calleja y atinó a esconderse en las sombras de
un pasillo lateral. Agazapada y envuelta en la capa
que traía para protegerse del aire frío
y ocultarse de las posibles miradas, suspiró
de alivio al ver pasar de largo la guardia de soldados
que rondaba aquel sector de la ciudad. La agitación
de los latidos le hizo comprender la locura de su propósito,
y habría renunciado al mismo si no fuera porque
descubrió que ya estaba en la casa enemiga. Sube
con sigilo la escalinata exterior hecha de bloques macizos
de piedra. El corazón quiere salírsele
del pecho. Empuja la puerta de la alcoba, pero está
cerrada. Las maderas crujen y chillan; resecas por el
sol y los años, parece que fueran a quebrarse.
Una y otra vez mira hacia los costados de la noche,
tiene la sensación de que cien ojos la han descubierto,
el presentimiento de que regresarán los soldados
para ver qué es lo que ocurre, no en vano están
adiestrados en el arte de la guerra, todo lo que se
mueve y vive les resulta sospechoso y al mismo tiempo
tentador, el sueño de toda espada es abrirse
paso entre la carne. Resuelve volverse escaleras abajo.
Atraviesa la oscuridad del pasillo en dirección
al fondo. Atrás, naturalmente, había otra
entrada. La hoja de la puerta se dejó abrir en
silencio, pero el silencio se le deshizo a golpes con
el tañido de la sangre retumbando en los oídos.
A través de la ventana la luna filtraba un hilo
de luz, claridad que, sin embargo, tornaba más
ciegas las zonas oscuras de aquella amplia cocina. Sabe,
pese a todo, que allí está su presa, un
respirar trabajoso se agita en la penumbra. Se asoma,
mira adentro, no puede saber dónde, la respiración
parece provenir de los cuatro rincones de la casona.
Decide serenarse y esperar a que sus ojos se hallen
en la oscuridad. Prontamente aquel rayo de luna presta
luz a su vista y disipa la espesura de los velos de
la noche. Las cosas van recobrando sus contornos y sus
formas en la gama tenebrosa de los negros y los grises.
Ve sobre la mesa un pellejo vaciado, media horma de
queso y una cuchilla grande clavada de punta. Del fondo
oscuro emerge la figura de un arcón con la tapa
abierta, la de una alacena repleta de enseres, ve la
forma generosa del horno y finalmente la imagen del
infame traidor. Allí, sobre el suelo, recostada
contra el vértice opuesto a la entrada, yace
la humanidad de Judas Iscariote. Por dos años,
discípulo de Juan el bautista; por otros dos,
de Jesús el nazareno, el que hace poco más
de una semana pagó con su vida por predicar a
los hombres que Dios es padre de todos. Cuatro años
de informante al servicio del Templo de seguro le han
deparado no pocos ingresos, aunque simular, mentir,
delatar, no es ni será nunca una tarea grata,
para nadie, la conciencia es una rosa, efímero
es su pétalo y eternas sus espinas. Magdalena
viene resuelta a librarlo de sus pesares, no sólo
de las preocupaciones que trae la fortuna -robos, incendios,
los parientes, los tributos, en fin, el mundo- sino
también del mal que en las noches le perturba
el sueño, remordimientos por su última
hazaña, tan filosos y punzantes que ha caído
en la bebida. Lo saben los suyos, se enteraron los ajenos,
cada tarde despide a los criados y se entrega, abatido
y solitario, al impío refugio del alcohol.
Palpó el cuchillo
que traía oculto bajo el cinto, apretó
con su mano la empuñadura, venía decidida
a hundirle la sica en la garganta. Se fue acercando
con paso firme y sin querer golpeó la escudilla
que estaba en el suelo. Creyó que se le detendría
el corazón cuando Judas abrió los ojos.
Se quedó inmóvil, como si fuese una estatua
de mármol, hasta contuvo la respiración,
sólo el galope de la sangre en los oídos
escapaba a su empeño de convertirse en piedra.
El hombre murmuró algo incomprensible, más
parecido a gruñido perruno que a palabra humana,
e inmediatamente volvió a precipitarse en el
fango de su sueño envenenado. Y fue así
que el miedo se trastocó en súbita confianza,
sabe ahora que el infeliz nada puede, perdido como está
en su propia noche, extraviado en la locura de quien
huye de sí mismo. Descubre sobre la pared un
cordel colgado de un clavo. No sin goce comprueba que
tiene un lazo en el extremo. Una fuerza oscura le hace
levantar la vista y ve los gruesos maderos sobre los
que descansan los tirantes menores del techo. Súbitamente
cambia el plan de combate. Devuelve la sica al cinto
y arroja la cuerda por sobre la última viga.
Pasa el otro extremo por el agujero de la puerta del
que pende una gruesa cadena. Se acerca al delator y,
sin temor ni cuidado alguno, le ajusta la soga al cuello.
Siente repulsión al tocarle la barba humedecida
por la bebida y los humores, repugnancia al aspirar
el vaho agrio y tibio que las entrañas exhalan
por la boca. Con la mano izquierda tirará de
la cuerda que baja de la viga, mientras con la derecha
asegurará el cabo que vuelve de la puerta. Judas
se retuerce en su hueco al sentir la presión
del lazo en la garganta. María tira con fuerza,
pero la cuerda no cede ni medio palmo. Pone mayor empeño,
más energía. De repente la soga se afloja
por completo, como si el nudo del cordel se hubiera
desatado. Mira hacia atrás y lo ve de pie, sosteniéndose
a duras penas entre ambas paredes. Obra con pericia,
actúa con diligencia, logra tensar nuevamente
la soga. Judas maldice las penumbras de la noche y gruñe
como animal en peligro. Acierta a meter los dedos entre
el lazo y la garganta. María tira con firmeza
y vigor. Cruje la madera, tiembla la cadena, trepida
el cerrojo. Siente bajar por el cordel una vibración
desesperada que le paraliza el aliento en un santiamén.
Nota que el temblor se adueña de sus manos, que
las fuerzas comienzan a flaquearle, que las aguas tormentosas
de la duda se abren paso en los cauces de su corazón.
Pero tañen en su memoria las campanas del recuerdo:
"María, amada mía, son tus manos
como la brisa de la tarde", "María,
pequeña mía, deja impregnar mi boca con
el aroma de tu piel". Y Magdalena tira de la cuerda,
con mano dura y sangre fría, helada como piedra
del desierto en madrugada, y a pequeños tramos
va progresando, conforme le permiten sus fuerzas de
mujer, pequeños tramos con los que iza el raquítico
cuerpo de Judas que ahora se revuelve golpeando con
manos y piernas contra todos los filos de la noche.
Horribles estertores se ahogan en su garganta estrangulada.
En el cuenco de su boca, la lengua se retuerce como
víbora abrasada por el fuego. Los ojos están
a punto de estallar. En la carne de su rostro deformado,
avanzan victoriosas las sombras oscuras de la noche
eterna. Ata finalmente el cordel a la puerta, y al darse
vuelta para ver, retrocede impresionada por las convulsiones
que aún sacuden al cuerpo moribundo.
Escondida
en el pasillo oscuro, esperó a que pasaran los
soldados de ronda. Corrió, luego, calle abajo
y se perdió en las sombras de un estrecho callejón.
Desde allí miró hacia atrás, nada
de que preocuparse, nadie de quien escapar. Fue en ese
instante que levantó la vista al cielo, no hacia
el cielo en que la luna brillaba con pálida luz,
ni tampoco hacia allí donde las estrellas son
mil gotas apretadas como rocío en primavera,
sino hacia el último, el séptimo firmamento,
aquel en que la oscuridad es un abismo tenebroso, profundidad
espesa que confiere a los ojos de la criatura la certeza
absoluta de que ella es nada y el Señor, todo.
Y extasiándose en aquel fondo sublime y eterno,
elevó su voz al creador del día y de la
noche, pronunciando palabras sagradas, pues en los Libros
sagrados se hallaban escritas, pero que en su boca sólo
fueron lo que podían ser, palabras herejes de
un alma impía. ¡Vida por vida, ojo por
ojo, diente por diente! Fue la Ley de Dios que Moisés
anunció a los hombres. ¡Vida por vida,
ojo por ojo, diente por diente! Fue la blasfemia con
que Magdalena se juramentó luchar, luchar como
fuere, a cualquier precio, contra el Dios de Israel.
(
)
LAS MULAS y los hombres ya bebieron, se despejó
la zona aledaña al pozo, se quedó solitario
el bebedero. Es el turno de las mujeres y los niños.
El sol está en el cenit, sus rayos caen perpendicularmente
sobre todas las cabezas, por más que sus dueños
se muevan de aquí para allá; por más
que se cabalgue al galope, los rayos siempre están
encima de uno; a esta hora es así en todos los
rincones de la patria, en Jerusalén, en Séforis
o en Lydda; milagro sin duda alguna para el que sabe
mirar el mundo con ojos de la fe. Durante el viaje recorrido,
Magdalena no habló con nadie, a veces es mejor
no hablar. Bebe de la jarra y se aleja del grupo de
mujeres para ir a sentarse sola, a la sombra de un ciprés.
Su pensamiento está lejos, allende el mar inclusive,
acosado por una espina llamada Alejandría. No
va a almorzar, no tiene hambre, con días como
éstos el hambre se evapora, únicamente
hay sed de sombra, y aquí, en este bosque, hay
de la buena, aunque poco durará, recién
están a mitad del trayecto a Cesárea,
la ciudad los espera allí en el norte. En cuanto
los viajeros terminen con la vianda deberán retomar
la vía, llegar al puerto de Jope, luego seguirán
al norte costeando el mar de aguas azules. Del otro
lado del camino hay seis niños: de cuatro, el
que menos; de siete, el que más. Vivarachos como
langostas, juegan a tirar piedras en el zanjón
de desagüe paralelo a la avenida, hoy por hoy,
completamente seco, hace semanas que no llueve, extraña
es esta primavera. A uno le falta una pierna, se ayuda
con una rama de árbol que termina en una horqueta
abierta en la que encaja perfectamente la diminuta axila.
Domina con habilidad la improvisada muleta, sujetándola
a veces con la mano y otras con el brazo solamente.
Los seis están descalzos, llenos de vida y de
alegría, al costado del camino levantan las piedras
y las arrojan en la zanja. Los dos más grandes
saltan para atacar desde la otra orilla, doble aventura,
cruzar victoriosos el abismo y sorprender al enemigo
por un flanco inesperado. De tanto en tanto, como si
el proyectil diera en el blanco, derribando el portal
de la ciudad asediada, demoliendo la muralla de la fortaleza
rival, todos estallan en un grito de júbilo.
El más pequeño se queda mirando a Magdalena,
ella le sonríe, y tomando coraje cruza la calle
y se acerca trotando, como hacen los niños cuando
imitan el andar de un caballo. María le dice
que se ponga al amparo de la sombra, pero el niño
no se mueve ni responde, la mira sonriente, le faltan
dos dientes, está sucio y harapiento, parado
bajo el peso del sol. Ella toma una piedra y se la ofrece,
él la acepta gustoso, cruza la calle corriendo
y la arroja al canal, asegurándose antes de que
está siendo visto por su admiradora. Vuelve a
buscar un nuevo presente, lo reclamará si fuese
preciso, aunque más no sea indicando con el dedo,
pero ello no es necesario, María lo está
esperando con una piedra nueva, escogida por sus bordes
redondeados, que a la palma de la mano saben suaves
y agradables como los bordes de una fruta, y ya tiene
separada una segunda, con puntos brillosos como pequeños
candiles. El niño escoge la de bordes redondos,
pero no llegarán a destino, ni él ni la
piedra. El más grande descubrió su relación
con Magdalena, y, quizá por envidia, tal vez
por precaución -después de todo es una
extraña- amonesta enojado al pequeño,
lo agarra de los pelos y lo zamarrea hasta hacerlo caer;
poco faltó para que cayera en el zanjón.
Los otros cuatro festejan el castigo y hacen burlas
al niño que llora, lleno de polvo, de lágrimas
y mucosidad. Por suerte encuentra la piedra de bordes
suaves y retorna la sonrisa a sus labios, la lanza al
pozo y corriendo va a buscar la de los pequeños
candiles. María teme que el niño sea reprendido
nuevamente. De todos modos le entrega la piedra, él
la toma con gusto, y ella: ¡Ey! y le atrapa la
mano, un nuevo juego que el benjamín festeja
con una risa sonora, hay dicha en sus ojos, infinita
alegría, y sale a la carrera, la arroja con fuerza
aunque con tan mala suerte que el proyectil pasa de
largo y cae en el otro lado del canal. Los dos niños
mayores se esfuerzan por levantar una roca grande, demasiado
pesada para sus fuerzas infantiles. No se darán
por vencidos y la harán rodar hacia el punto
en que los demás persisten en su ataque. Uno
de los caravaneros cruza la calle y con una vara azuza
a los seis gritando:
-¡Fuera, no quiero verlos por aquí, fuera!
¡Malditos del Cielo!
Los niños escapan y hacen burlas al guía
de la caravana. El de la muleta corre a la par de los
otros, ágil como un cervatillo. El más
pequeño cada tanto se da vuelta, quiere despedirse
de su compañera de juego.
-¡Mal paridos! -murmura el hombre, hablando consigo
mismo, y se acerca a la zanja-. Y tú, ¡vieja
del Demonio! Sal de ahí.
Insiste con la orden, tres veces tiene que repetirla,
hasta que finalmente se asoma del zanjón una
mujer anciana, cubierta con un enorme tapado de cuero
carcomido y mugriento, vestimenta poco apropiada para
un día caluroso como éste, descalza, los
cabellos recogidos, envueltos en un trapo deshilachado.
Hay una herida sangrante en su frente, otra en el labio
inferior. También tiene una oreja lastimada,
ensangrentadas ambas manos, con las que se cubrió
la cabeza para defenderse de las pedradas con que esos
niños la maltrataron y maltratan día a
día, niños abandonados de todos, del cielo
y de la tierra, ni padre ni madre ni parientes cercanos,
no es de extrañar que la maldad ya anide en sus
tiernos corazones. Con todo, la vieja está sonriente,
claro que no sonríe a nadie, es más bien
una mueca dibujada en el rostro, cuatro dientes podridos,
la vista perdida, es una mujer poseída por espíritus
malignos, desde años deambula por las inmediaciones
de este paraje. A Dios gracias hay sobras de comida
que los viajeros dejan esparcidas por el suelo, de ellas
se alimenta y sobrevive, se provee de agua en el bebedero
de las bestias. No faltan los que por piedad le arrojan
una fruta o un mendrugo de pan, con la precaución
de mantener la distancia debida, la impureza es contagiosa,
se sabe, cuánto más la de un espíritu
inmundo, una vez que se adueña de un alma, difícil
que la deje en libertad.
De lejos, los niños gritan a la anciana el insulto
del caravanero: ¡Vieja del Demonio! Y denuestos
de su propia autoría: ¡Vieja deshilachada!
¡Vieja, dientes podridos! El mayor arregla cuentas
con el más pequeño, por no haber obedecido
como debía. Lo agarra de los pelos y lo va llevando
a la rastra, zamarreándolo de aquí para
allá, hasta revolcarlo nuevamente en el polvo
del camino.
La escuela de la calle siempre fue la mejor de las escuelas,
uno aprende desde niño a moverse en las redes
del poder: allí donde no se puede no se puede,
y conviene humillarse; allí donde se puede y
el más fuerte lo permite es posible desquitarse,
arrojar la piedra y ensañarse sin piedad.
De
María Magdalena condenada, novela de
Martín
Mazora.
Editorial Simurg, Buenos Aires, febrero de 2004, 308
páginas.
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